LOS OJOS DEL DRAGÓN
Cuentan que hace muchos, muchos años, en la ciudad China de Nanking, vivió
un hombre que dejaría una huella imborrable en la historia de aquel pueblo. Su
nombre era Chang Sen-You. Aquel hombre era conocido en todo el imperio chino
porque pintaba unos cuadros tan formidables que parecían tener vida propia. Su
paleta de colores contenía todos los matices del campo en primavera y algunos
que no existían en la naturaleza y los trazos de sus pinceles lograban
estremecer el alma de quien los contemplaba. Pero por lo que por encima de todo
era conocido, por un rumor según la cual se decían que San Chen-yu poseía la
magia suficiente para convocar al poderoso dragón alado e ir montado en su lomo
hasta los confines del mundo.
Un día el emperador de la ciudad Li Tien-Ming, le ordenó llamar para
hacerle un encargo. Le pidió que pintara en el muro norte del Gran Salón del Templo
de la Paz y la Felicidad, un dragón sagrado. La noticia corrió como la pólvora
y varios días antes de que comenzara la obra, una multitud se arremolinaba en
torno al templo, guardando sitio para contemplar al artista en acción. El día
en el que el maestro llegó todos le estaban esperando. Era un anciano de porte
sereno que caminaba con pasos cortos. Iba vestido con un tradicional Hanfú de color negro. Tras él caminaba
Lu-Shi su joven aprendiz. Era un muchacho altivo, delgado e inquieto que había
comenzado a ayudar a su maestro hacía poco. El aprendiz llevaba los cuencos de
pintura y los pinceles del maestro. Ambos se hacían paso entre la multitud que
se apartaba a un lado para dejarles pasar. De cuando en cuando Sang Chen-yu se
paraba para saludar a sus admiradores con una leve inclinación de cabeza.
Cuando llegaron por fin al Gran Salón del templo, un andamio de bambú
estaba colocado frente al muro norte. El maestro se subió en él con un
vitalidad impropia de su edad y comenzó a pintar con ágiles y certeros trazos,
era un espectáculo formidable verle trabajar, la multitud observaba en completo
silencio.
Poco a poco en la fría pared blanca iban apareciendo escamas iridiscentes
de colores imposibles. Las garras y los colmillos brotaban literalmente del
muro provocando un sentimiento a medio camino entre la admiración y el temor.
Día tras día la figura del dragón iba tomando forma. Las texturas dibujadas por
el pintor eran de un realismo tal, que parecía que el dragón se iba a desprender
del muro en cualquier momento.
Los días pasaban y los espectadores continuaban abarrotando la sala en
completo silencio. Sólo de cuando en cuando el silencio de rompía cuando se
escuchaba algún ahogado grito de temor o para dar paso a un majestuoso aplauso.
Cuando finalmente el dragón estuvo terminado, Sang Chen-Yu bajó del andamio
despacio y colocándose frente al mural se arrodilló y sentándose sobre los talones
inclinó la cabeza hasta tocar con la frente el suelo del templo en señal de respeto.
Todos supieron entonces que el maestro había terminado. Pero el aprendiz se
extrañó al ver que los ojos del animal permanecían en blanco y preguntó:
- Maestro, ¿por qué has dejados las cuencas de los ojos del dragón en
blanco?
- Querido Lu-Shi -respondió el anciano-, la morada del dragón está en el
cielo, si este dragón pudiera ver, nada le impediría buscar su hogar en las
alturas.
- Pero maestro, eso es imposible, este dragón es solo pintura...
- Tu juventud te impide ver que hay cosas que escapan a la razón.
Y no añadió nada más.
Cuando por la mañana el emperador llegó para ver el trabajo el Gran Salón
del Templo de la Paz y la felicidad estaba iluminado como si hubiera fuego en
su interior. Las escamas del dragón refulgían con la luz de la mañana como el
propio sol en destellos anaranjados, rojos y dorados. El emperador contempló
embelesado la fabulosa pintura del muro por varios minutos y después se dirigió
al pintor:
- Honorable maestro su trabajo es maravilloso, pero tengo una pregunta: ¿por
qué ha dejado los ojos del dragón e blanco?
- Majestad, la morada del dragón está en el cielo, si este dragón pudiera
ver, nada le impediría buscar su hogar en las alturas.
- Si es como usted dice, así sea, este dragón sagrado será el guardián y
protector de mi pueblo.
Lu Shi, que escuchaba atentamente, no podía creer que el emperador aceptara
una explicación tan irracional y pasó todo el día dándole vueltas al asunto.
Ese día fue un día de máxima celebración. Cuatro dragones alados
serpenteaban por las calles acompañados de danzantes ataviados con trajes
ceremoniales que danzaban al son de los gongs y los tambores. Hubo bebida y comida
gratis para el pueblo y los fuegos artificiales cubrieron el cielo de colores y
de fiesta... pero cuando poco a poco el silencio y la tranquilidad se apoderó de
nuevo de la ciudad de Nanking, el aprendiz, no cesaba de darle vueltas a lo
sucedido y en el duerme vela de la noche pensó en acabar la gran obra de su
maestro. Pensó que de ese modo todos podrían ver el efecto de dibujo terminado
y él se haría famoso por ello... Así que tomó uno cuenco de pintura y un pincel
y tomando un candil encendido se dirigió al Templo de la Paz y la Felicidad.
Cuando entró en el salón tomó una escalera y se aproximó al muro, apoyándola
sobre él. En ese momento un trueno ensordecedor rompió la noche estrellada.
Un escalofrío recorrió la espalada de lu-Shi, que por un momento pensó en
abandonar su misión, pero se repuso y comenzó a subir la escalera. Mojó el pincel
en el cuenco de pintura y pintó el ojo derecho. La escalera empezó a temblar.
Lu-Shi, pensó que estaba sugestionándose por el miedo que sentía y que aquello
eran imaginaciones suyas, así que mojó el pincel por segunda vez y se dispuso a
dibujar el ojo izquierdo. Apenas había terminado cuando el muro comenzó a temblar
fuertemente. De repente la cabeza del dragón se desprendió del muro clavando
sus ojos en el aprendiz que quedó petrificado al verlo. Después de la cabeza se
desprendieron del muro las garras y las enorme cola, después las alas y en
medio de un enorme estruendo el cuerpo entero del dragón. Una luz cegadora
inundó toda la sala y la ciudad entera se despertó. Las gentes salieron alarmadas
de sus casas y miraron hacia el templo. Un inmenso haz de luz atravesaba el
techo de aquel lugar sagrado en dirección al cielo. Un ruido ensordecedor dio paso
a una enorme mole en forma de dragón dorado que atravesaba el tajado
perdiéndose en el cielo como una enorme estrella fugaz.
Después se hizo el silencio de nuevo y una fina cortina de lluvia cayó
sobre la ciudad.
Cuando el emperador, los ministros y el propio artista llegaron a comprobar
lo que había sucedido, el templo entero estaba en ruinas. Los pisos superiores
habían desaparecido por completo, en los muros laterales aún estaban las huellas
dejadas por las enormes alas del dragón. Sólo en muro norte del gran salón permanecía
en pie, pero ahora estaba, como una semanas antes, completamente en blanco. Entre
los escombros, encontraron los restos carbonizados de Lu-Shi, el aprendiz.
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