lunes, 4 de febrero de 2019

LOS OJOS EL DRAGÓN



LOS OJOS DEL DRAGÓN

Cuentan que hace muchos, muchos años, en la ciudad China de Nanking, vivió un hombre que dejaría una huella imborrable en la historia de aquel pueblo. Su nombre era Chang Sen-You. Aquel hombre era conocido en todo el imperio chino porque pintaba unos cuadros tan formidables que parecían tener vida propia. Su paleta de colores contenía todos los matices del campo en primavera y algunos que no existían en la naturaleza y los trazos de sus pinceles lograban estremecer el alma de quien los contemplaba. Pero por lo que por encima de todo era conocido, por un rumor según la cual se decían que San Chen-yu poseía la magia suficiente para convocar al poderoso dragón alado e ir montado en su lomo hasta los confines del mundo.

Un día el emperador de la ciudad Li Tien-Ming, le ordenó llamar para hacerle un encargo. Le pidió que pintara en el muro norte del Gran Salón del Templo de la Paz y la Felicidad, un dragón sagrado. La noticia corrió como la pólvora y varios días antes de que comenzara la obra, una multitud se arremolinaba en torno al templo, guardando sitio para contemplar al artista en acción. El día en el que el maestro llegó todos le estaban esperando. Era un anciano de porte sereno que caminaba con pasos cortos. Iba vestido con un tradicional Hanfú de color negro. Tras él caminaba Lu-Shi su joven aprendiz. Era un muchacho altivo, delgado e inquieto que había comenzado a ayudar a su maestro hacía poco. El aprendiz llevaba los cuencos de pintura y los pinceles del maestro. Ambos se hacían paso entre la multitud que se apartaba a un lado para dejarles pasar. De cuando en cuando Sang Chen-yu se paraba para saludar a sus admiradores con una leve inclinación de cabeza.

Cuando llegaron por fin al Gran Salón del templo, un andamio de bambú estaba colocado frente al muro norte. El maestro se subió en él con un vitalidad impropia de su edad y comenzó a pintar con ágiles y certeros trazos, era un espectáculo formidable verle trabajar, la multitud observaba en completo silencio.
 Poco a poco en la fría pared blanca iban apareciendo escamas iridiscentes de colores imposibles. Las garras y los colmillos brotaban literalmente del muro provocando un sentimiento a medio camino entre la admiración y el temor. Día tras día la figura del dragón iba tomando forma. Las texturas dibujadas por el pintor eran de un realismo tal, que parecía que el dragón se iba a desprender del muro en cualquier momento.

Los días pasaban y los espectadores continuaban abarrotando la sala en completo silencio. Sólo de cuando en cuando el silencio de rompía cuando se escuchaba algún ahogado grito de temor o para dar paso a un majestuoso aplauso.
Cuando finalmente el dragón estuvo terminado, Sang Chen-Yu bajó del andamio despacio y colocándose frente al mural se arrodilló y sentándose sobre los talones inclinó la cabeza hasta tocar con la frente el suelo del templo en señal de respeto. Todos supieron entonces que el maestro había terminado. Pero el aprendiz se extrañó al ver que los ojos del animal permanecían en blanco y preguntó:

- Maestro, ¿por qué has dejados las cuencas de los ojos del dragón en blanco?
- Querido Lu-Shi -respondió el anciano-, la morada del dragón está en el cielo, si este dragón pudiera ver, nada le impediría buscar su hogar en las alturas.
- Pero maestro, eso es imposible, este dragón es solo pintura...
- Tu juventud te impide ver que hay cosas que escapan a la razón. 
Y no añadió nada más.

Cuando por la mañana el emperador llegó para ver el trabajo el Gran Salón del Templo de la Paz y la felicidad estaba iluminado como si hubiera fuego en su interior. Las escamas del dragón refulgían con la luz de la mañana como el propio sol en destellos anaranjados, rojos y dorados. El emperador contempló embelesado la fabulosa pintura del muro por varios minutos y después se dirigió al pintor:

- Honorable maestro su trabajo es maravilloso, pero tengo una pregunta: ¿por qué ha dejado los ojos del dragón e blanco?
- Majestad, la morada del dragón está en el cielo, si este dragón pudiera ver, nada le impediría buscar su hogar en las alturas.
- Si es como usted dice, así sea, este dragón sagrado será el guardián y protector de mi pueblo.
Lu Shi, que escuchaba atentamente, no podía creer que el emperador aceptara una explicación tan irracional y pasó todo el día dándole vueltas al asunto.

Ese día fue un día de máxima celebración. Cuatro dragones alados serpenteaban por las calles acompañados de danzantes ataviados con trajes ceremoniales que danzaban al son de los gongs y los tambores. Hubo bebida y comida gratis para el pueblo y los fuegos artificiales cubrieron el cielo de colores y de fiesta... pero cuando poco a poco el silencio y la tranquilidad se apoderó de nuevo de la ciudad de Nanking, el aprendiz, no cesaba de darle vueltas a lo sucedido y en el duerme vela de la noche pensó en acabar la gran obra de su maestro. Pensó que de ese modo todos podrían ver el efecto de dibujo terminado y él se haría famoso por ello... Así que tomó uno cuenco de pintura y un pincel y tomando un candil encendido se dirigió al Templo de la Paz y la Felicidad. Cuando entró en el salón tomó una escalera y se aproximó al muro, apoyándola sobre él. En ese momento un trueno ensordecedor rompió la noche estrellada.
Un escalofrío recorrió la espalada de lu-Shi, que por un momento pensó en abandonar su misión, pero se repuso y comenzó a subir la escalera. Mojó el pincel en el cuenco de pintura y pintó el ojo derecho. La escalera empezó a temblar. Lu-Shi, pensó que estaba sugestionándose por el miedo que sentía y que aquello eran imaginaciones suyas, así que mojó el pincel por segunda vez y se dispuso a dibujar el ojo izquierdo. Apenas había terminado cuando el muro comenzó a temblar fuertemente. De repente la cabeza del dragón se desprendió del muro clavando sus ojos en el aprendiz que quedó petrificado al verlo. Después de la cabeza se desprendieron del muro las garras y las enorme cola, después las alas y en medio de un enorme estruendo el cuerpo entero del dragón. Una luz cegadora inundó toda la sala y la ciudad entera se despertó. Las gentes salieron alarmadas de sus casas y miraron hacia el templo. Un inmenso haz de luz atravesaba el techo de aquel lugar sagrado en dirección al cielo. Un ruido ensordecedor dio paso a una enorme mole en forma de dragón dorado que atravesaba el tajado perdiéndose en el cielo como una enorme estrella fugaz.
Después se hizo el silencio de nuevo y una fina cortina de lluvia cayó sobre la ciudad.
Cuando el emperador, los ministros y el propio artista llegaron a comprobar lo que había sucedido, el templo entero estaba en ruinas. Los pisos superiores habían desaparecido por completo, en los muros laterales aún estaban las huellas dejadas por las enormes alas del dragón. Sólo en muro norte del gran salón permanecía en pie, pero ahora estaba, como una semanas antes, completamente en blanco. Entre los escombros, encontraron los restos carbonizados de Lu-Shi, el aprendiz.

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