viernes, 22 de octubre de 2021

La araña negra (definitivo)

 Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar no muy lejos de aquí, había un castillo, en lo alto de una colina en el que vivía un hombre tiránico y malvado que era el dueño de todas las tierras de los alrededores.

Casi todos los campesinos de la comarca trabajaban en sus campos, realizando un trabajo durísimo a cambio de una miseria. Si desobedecían las órdenes del tirano y hacían algo que no le parecía bien, eran cruelmente castigados. 

Y cuentan que un verano, en época de cosecha, aquel malvado tuvo un perverso capricho. Se le ocurrió que el camino que subía hacia su castillo quedaría muy bien flanqueado por árboles que dieran sombra y ordenó a los campesinos que desarraigaran un buen montón de robles que había en la parte baja de la colina y los sembraran a los lados de la avenida.

Aquella era una idea descabellada, la colina era muy empinada, necesitarían todos los animales para hacer aquel trabajo y era época de cosecha, los campos se echarían a perder, además era una misión imposible de lograr. Intentaron hacer entrar en razón a aquel hombre, pero lejos de convencerle, consiguieron que se enfadara y les impusiera un plazo de tiempo muy corto para realizar la tarea. Los campesinos estaban completamente consternados, pero empezaron el trabajo, no tenían más remedio. 

Había que ver el tristísimo panorama. Hombres y mujeres de toda la aldea, en pleno agosto cargando inmensos árboles en carretas que eran arrastradas por mulas y bueyes que a mitad del camino se desplomaban reventadas por el el esfuerzo. Los animales morían de agotamiento y los días pasaban.... Cuando faltaba tan sólo un día para que finalizara el plazo, solamente había tres árboles sembrados en el camino. Los campesinos estaban completamente desesperados.

Las doce y media serían...

De pronto, ante los campesinos, apareció un hombre alto, de tez oscura, completamente vestido de negro, con un sombrero de ala ancha

- ¡Qué les sucede amigo!, ¿a qué vienen esas caras?

Los atormentados campesinos le contaron todo con pelos y señales. Le hablaron del villano, de la tarea, de como su animales estaban muriéndose poco a poco y del plazo que se acababa

- ¿Eso es todo amigos?. No se preocupen, yo tengo la solución, yo puedo hacer por ustedes la tarea y me ocuparé de que ese villano no vuelva a molestarles. Pero me tienes que dar algo a cambio...

- Lo que quiera señor, pídanos lo que quiera, si usted hace eso por nosotros puede pedirnos cualquier cosa.

- Quiero que me entreguen el primer bebe que nazca en esta aldea sin bautizar,  jajajajaja

Y el hombre de negro, desapareció.

Los campesinos se dieron cuenta de lo que habían hecho.

....

A la mañana siguiente a los lados de la larga avenida que subía hacia el castillo había 666 frondosos robles  y del terrateniente, no volvieron a saber nada.

....

A los pocos meses, se supo que una mujer estaba a punto de dar a luz, los campesinos recordando el pacto, fueron a ver al párroco y se lo contaron todo. Este se presentó en la casa de la mujer y cuando nació la niña, porque era una hermosa niña, la bautizó.

Las doce y media serían, cuando escuché un ruido en casa...

De repente en la puerta de la casa de la mujer apareció aquel hombre, de tez oscura, vestido de negro, con un sombrero de ala ancha. Todos quedaron paralizados por el terror.

- Que les sucede amigos, a qué vienen  esas caras, no tengan miedo, sólo he venido a felicitar a la madre...

Y delante de todos los presentes, se acercó hasta la mujer y la besó en la mejilla. Luego, mirando a todos, se dio la vuelta y se marchó.

En el lugar donde había sido besada la mujer, apareció una mancha oscura. Una mancha que se fue oscureciendo y abultándose, hasta que se transformó en una enorme pústula que le provocaba terribles dolores. En sólo tres días, en la misma cama en la que había dado a luz y acompañada por el párroco y sus familiares, la mujer la mujer murió. En el momento de su muerte la pústula se abrió y de su interior salió una araña negra que correteó por entre medias de los presentes y escapó sin que nadie pudiera hacer nada.

 Las doce y media serían cuando escuché un ruido en casa, miro la escalera y veo, que paseaba una araña...

A partir de ese día, lentamente, iban muriendo uno tras otro los campesinos de la aldea. Como si de la Santa Compaña se tratase, todo el que veía a la araña, moría unos días más tarde, con el cuerpo cubierto de pústulas entre terribles dolores. Nadie sabía por donde podía aparecer la araña, ni nadie estaba a salvo. Pasaron siete largos años, en los que la población de la aldea se iba diezmando. Un día, a la niña, que había nacido de la primera mujer que murió y que vivía con su abuela, se le ocurrió una idea. Abriría un agujero en el quicio de la puerta y esperaría a que la araña, cuando pasara por allí, se metiera dentro. Aquello que parecía un ingenuo plan, surtió efecto. La araña entró en el agujero y la niña rápidamente lo tapó con un corcho y lo selló con cera de abejas. Sólo después de haber atrapado a la araña, la plaga cesó.

 Las doce y media serían cuando escuché un ruido en casa, miro la escalera y veo, que paseaba una araña, sacó la luciente espada...

 Y cuentan, que el tiempo pasó y que la casa, envejeció y llegó un día en que tuvieron que hacer reformas poniendo mucho cuidado en no tocar la jamba de la puerta, para que la araña no escapara.

Pero hay quien cuenta la historia de otra manera. 

Dicen que pasado un tiempo la casa fue vendida y comprada por una familia que pensó que toda aquella leyenda de la araña eran supercherías y supersticiones, y cuando reformó la casa tiró la puerta abajo. Entonces la plaga se desató de nuevo por toda la comarca de manera aún más violenta y mucho más rápida. Cuentan que en aquella primera aldea, murieron todos, solo quedaron un hombre y una mujer, que vivían en casas distintas, que por las mañanas sacaban el ganado pastar para que no se muriera y que por las tardes se asomaban a las ventanas de sus casas con un pañuelo para que el otro supiera que aún seguían vivos.

 Las doce y media serían cuando escuché un ruido en casa, miro la escalera y veo, que paseaba una araña, sacó la luciente espada y al primer tajo que doy, cae al suelo desplomada... ¡que cosa tan prodigiosa!, ¿vuelvo otra vez a contarla?


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