lunes, 27 de enero de 2020

Cuentos redondos de invierno


AURORA

SOBRE EL INVIERNO


Los Días fríos nos llevan a la cueva, al nido, a los orígenes... a pensar en como éramos cuando no eramos así. 
Las primeras mujeres y los primeros hombres que poblaron la tierra, en estas latitudes, adoraban los elementos de la naturaleza por que sentían miedo al no entender sus mecanismos. Temían que la luz perdiera frente a las tinieblas cuando observaban  que los días se hacían cada vez mas cortos. Por eso la noche más larga de año, la del solsticio, encendían hogueras para recordar al sol que tenía que lucir y dar calor para despertar a las semillas que dormían en el interior del vientre de la tierra y que viniera la primavera llegara. 
Como parte de esta celebración de el triunfo de la luz frente a la oscuridad, había un personaje llamado el Musgoso, que vestía con un traje verde como el musgo. Llevaba un saco a la espalda y un palo en la mano: con el palo golpeaba la tierra para despertar a las semillas y en el saco guardaba lo que recogía entre los que más tenían para dárselo a los que no tenían, porque creía que lo que da la tierra hay que repartirlo entre todos y que si no se repartía, la primavera no vendría. Pero había gente que no estaba de acuerdo con esto de repartir,  y empezó  correrse de la voz de que aquel hombre, el hombre del saco, que además era extranjero y venía de tierras lejanas, se quedaba con todo e incluso que se llevaba a los niños y empezó a utilizarse para asustar a los niños y que se marcharan a dormir.  
Pero aquel hombre verde, se resiste a desaparecer y a veces lo llaman Robin Hood o San Nicolás o Papá Noel, que aunque la coca cola le cambiara de color, sigue siendo el mismo personaje  que regresa para recordarnos, que lo que da la tierra, hay que repartirlo, porque sino, un día, la primavera, no volverá.



El día que Baldomero robó el sol

Cuenta esta historia que en un profundo sótano de un pequeño pueblo olvidado, no muy lejos de aquí, vivió en tiempos de Maricastaña, un pequeño diablillo llamado  Baldomero. A  Baldomero lo que más le gustaba del mundo era fastidiar, fastidiar y hacer maldades y enredado en esos pensamientos andaba día y noche dándole vueltas a la cabeza sobre esta o aquella trastadas para ver sufrir a la gente y de paso divertirse él.
Un día se le ocurrió la mayor de las maldades, pensó en robar el sol  Si, si, el sol, solo de pensar en el follón que se iba a organizar le producía un inmenso regocijo.¡Oye!, pues dicho y hecho. Aquel domingo por la mañana se despertó muy temprano, se puso unos guantes de cuero para no quemarse y nada más salir el sol lo metió en un saco, se marchó corriendo haca su casa y lo escondió debajo de la mesa camilla, lo cubrió con las faldas y se subió en lo alto del campanario, desde donde podía divisar todo el pueblo. Allí se sentó para contemplar el resultado de su fechoría. 
Desde arriba empezó a ver como las plantas se marchitaban y moría, debido a la falta de luz, los animales desconcertados huían a ocultarse o directamente se ponían a hibernar, pero lo que más le gustó fue observar como comenzó a escasear el alimento y las personas se enfadaban por todo y se volvían hurañas a consecuencia de la falta de luz y del hambre. Y cuando Baldomero estaba en el punto álgido del disfrute observó a través de una ventana a María. María era la única persona del pueblo que no estaba ni triste ni enfadada, ella estaba acostumbrada desde pequeña a la escasez y continuaba con sus tareas habituales, cantando, como si tal cosa. María estaba buscando algo con lo que preparar la comida para ella y sus trece hermanos. Abrió el frigorífico de la cocina y ante la atenta mirada de Baldomero, encontró en el último estante oxidado ¡un huevo!, sí uno, pequeño, para todos!. Súbitamente Baldomero recuperó su buen humor, pensando en la trifulca que se organizaría cuando todos los hermanos quisieran comer de un solo huevo. Así que atentamente se puso a observar la escena.
María tomó un platillo de porcelana y un tenedor, cascó el huevo y se puso a batir con todas sus fuerzas: clas, clas, clas, clas, clas, clas,  clas, clas, clas...
Baldomero se acomodó en su atalaya dispuesto a no perder su buen humor, aquel huevo era tan pequeño, que sólo tendría que esperar un poco para contemplar una buena pelea.   
María batía el huevo con tanta fuerza que el sonido del tenedor sobre la paredes del plato comenzó a extenderse por el vecindario llegando hasta oídos de las vecinas que intrigadas fueron a investigar. 
- ¿María que es es estruendo que sale de tu casa?
- Es que estoy batiendo un huevo.
- ¿Un huevo?, ¿y porque haces tanto ruido?
- Es que mi abuela me dijo una vez que si bates con mucha fuerza, el huevo crece y como sólo tengo uno y somos tantos para comer... Incluso me enseñó una fórmula que decía: huevo por que no creciste, cochina por que no me batiste
- Oye María!,- volvió a preguntar la vecina, ¿y tu crees que si te ayudamos podríamos hacerlo crecer tanto como para que pudiéramos comer un poco todas? 
Maria entonces dudó un momento ante las miradas tristes y hambrientas de sus vecinas y después de pensarlo un momento contestó:
- Bueno, podemos intentarlo pero necesitaríamos un recipiente más grande y algunos... no la dejaron terminar la frase, en menos que canta un gallo un montón de vecinas se colocaron alrededor de un enorme lebrillo armadas con tenedores y batiendo frenéticamente el huevo por lo que volvía a escucharse el repiqueteo por todos los rincones del pueblo.
- clas, clas, clas, clas, clas, clas,  clas, clas, clas...
Baldomero estaba como loco imaginando la trifulca que se iba a organizar cuando tantas bocas quisieran comer de un solo huevo, aquello iba ser una verdadera batalla. 
No tardaron en venir las vecinas de la calle de abajo que venían a investigar y que se juntaron en la puerta con las que venia de la calle de arriba que también querían saber de donde procedía aquel sonido. Cuando se enteraron que había un huevo para comer y de como podían hacerlo mayor, convencieron a María de que las dejara participar en la batida y comenzaron todas a batir y a batir mientras entonaban las fórmula de la abuela:
- Huevo por que no creciste,decían unas
- Cochina por que no me batiste, contestaban las otras.
Bis, bis
Y continuaban batiendo el huevo cuyo sonido llegaba a otras barriadas del pueblo desde donde seguían llegando vecinas que se sumaban a la batida
Baldomero seguía disfrutando imaginando, no ya una batalla, sino ¡la tercera guerra mundial!. 
 - Clas, clas, clas, clas, clas, clas,  clas, clas, clas...
- Huevo por que no creciste,
- Cochina por que no me batiste, 
Bis
Bis
Bis
De repente el sonido cesó y Baldomero se incorporó, limpiándose con la manga las lágrimas de la risa para ver que había sucedido y de pronto pudo ver el huevo, el huevo que había alcanzado un tamaño descomunal y que empezaba a elevarse en el aire, ligero, grande y esponjoso. Subía despacio hacia el cielo, ante los ojos tristes y atónitos de María, de sus trece hermanos y de todas las vecinas del pueblo Olvidado. Y aunque al final no hubo guerra, ni batalla y tan siquiera una pequeña trifulca, Baldomero disfrutaba viendo como todos se quedaban sin comer. 
Pero de repente sucedió algo. Aquella bola gigante de color anaranjado, se detuvo en mitad el cielo y comenzó a repartir el calor y la energía que tantas personas habían puesto en su creación y entonces las tinieblas empezaron a disolverse y volvió la luz y las plantas empezaron a brotar, los animales salieron de sus escondites y los pájaros cantaban otra vez y la gente empezó a sonreír de nuevo.
El único que no estaba contento era Baldomero que enfadado y con el rabo entre las piernas decidió regresar a su casa en aquel profundo sótano del pueblo. Y al abrir la puerta de casa se encontró con que su hogar estaba muy confortable y calentito, así que decidió sentarse en el sillón que había junto a la mesa colocándose las faldas encima de las piernas y pensó que al menos algo de provecho había sacado y mientras iba quedándose amodorrado junto a su nueva mesa con brasero pensaba que, tal vez, tampoco era mala idea dejar las cosas tal y como estaban, al menos de momento.  




Cabeza Hueca 


En un remoto lugar de Siberia, junto a un bosque de taiga,a orillas del rio Amur, vivía el pueblo de los Nanai, un pueblo que tradicionalmente vivían, desde siempre como lo hicieron sus ancestros, de la caza y de la pesca. Y allí en aquel remoto lugar rodeado de coníferas nació un hermoso niño llamado Xingú. Xingú era un niños como todos, con todas las cositas ne su sitio, dos brazos, dos piernas, dos ojos, una nariz... pero hay algo que lo hacía excepcional era su belleza, por que Xingú era un chico guapísimo. A medida que se iba haciendo mayor sólo pensaba en una cosa: contemplar su belleza en el río Amur, por lo demás comía, dormía, descansaba, comía, dormía, descansaba, comía, dormía, descansaba , trabajar trabajaba poco y pensar, pensaba menos aún. Mientras los demás salía a cazar, él prefería quedarse mirándose en el río. 
- Qué guapo soy!. -Se decía a sí mismo
y esta era la única idea que tenía en la cabeza durante todo el día.
Un buen día sus padres pensaron que había llegado la horta de que Xungú se convirtiera en un cazador de la taiga, así que confeccionaron para él todo en equipo necesario: 
Una magnífica chaqueta de cuero bordada con adornos de seda, un gorro de piel de reno, unas magníficas botas repujadas realizadas en piel de ciervo, una estupenda capa de la que colgaban varias colas de ardilla unos pantalones del mejor cuaro curtudo con rodilleras de labradas una chaqueta blanca de piel bordada también es seda y un cinturón decorado con grabados de donde pemndían dos cuchillos uno de punta recta y otro de hoja cuerva y le dieron un carcaj con sus correspondientes flechas para que se lo colgara a la espalda. daba gusto verlo, estaba guapísimo atabiado de cazador. También a él le encantó su nuevo atuendo, no hacía mas que acariciar su chaqueta de pelo y repetir: 
- Qué guapo estoy, qué guapo estoy.
- ¡Basta!, -le dijo su padre- no es el vestido lo que hace al cazador ¡en marcha!.
Pero a Xingú no le apetecía nada moverse de la orilla del río en cuyas aguas podía seguir contemplándose.
- No pienso estropear mi nuevo traje, dijo. 
Y tan contento estaba de verse tan guapo, que para celebrarlo empezó a cantar y a bailar. 
- Qué guapo estoy, qué guapo estoy, turututu, turututu Qué guapo estoy, qué guapo estoy, , turututu, turututu
De pronto en pleno fernesí del baile comenzó a golpearse la cabeza: parampampam...
- ¡Para! - le gritó el padre- ¡pero que es esto!, suena como un tambor, ¿mi hijo tiene la cabeza hueca?...
A Xungú aquello le pareció un gran descubrimiento y orgullosísimo de haber descubierto en sí mismo una nueva habilidad continuó tocando el tambor de su cabeza hueca. 
 - Qué guapo estoy, qué guapo estoy, parampampam. Qué guapo estoy, qué guapo estoy, parampampam 
Y cuanto más se golpeaba Xingú la cabeza, más sonaba a hueco, la gente del pueblo salía de sus casas para saber de donde procedía aquel sonido de tambor y se encontraron a chico golpeándose entusiasmado la cabeza satisfecho de que sonara de aquel modo. 
- Tengo la cabeza hueca, parampampam, chincha rabiña, parampampam
Y desde aquel día todo el mundo comenzó a llamarle "cabeza hueca"
Evidentemente Xingú con aquella cabeza hueca, no podía ir a cazar o a pescar con los hombres del pueblo, por que para eso había que  conocer todas las artimañas, tampoco podía ayudar a su madres a salar y ahumar el pescado para pasar el invierno, porque  había que ser muy listo para hacerlo bien, ni curtir las pieles, porque no conocía las fórmulas, ni por supuestos confeccionar vestidos como hacían otros muchachos, por que eso requería tener mucha habilidad y la única habilidad que tenia Xingú era la que utilizaba para tocar el tambor de su cabeza hueca. 
Y el tiempo pasaba sin que el muchacho hiciera otra cosa que mirarse en el río y tocar el tambor.
- ¡Ay!que vamos a hacer con este con este muchacho nuestro, que solo piensa en presumir con esa cabecita suya  tan hermosa como hueca... que será de él cuando nosotros faltemos, se morirá de hambre.
Y por casualidad en ese momento pasaba por allí una pobre anciana que al escuchar sus lamentos les dijo.
 - Yo tengo la solución: que se case.
- ¿Y quien va a querer casarse con un muchacho que tiene la cabeza hueca?
- Yo tengo una nieta Angá, huérfana de padre y madre. Somos muy pobres y a cambio de una buena dote creo que ella consentiría en casarse con él. 
Los padres de Xungú aceptaron, prometiéndole a la anciana que nunca le faltaría de nada y comenzaron a reunir un gran ajuar como regalo de bodas con las cosas de mayor valor que tenía.
Angá lloró cuando supo que debía de casarse con un hombre la que no conocía pero aceptó pensando en que aquella era la única salida para que su pobre abuela viviera un poco mejor.
Tras celebrarse la boda, el matrimonio se fue a vivir a la nueva casa. una vez allí, Xungú se sentó en una butaca y se dirigió a Angá:
- Tu no sabes la suerte que tienes de haberte casado conmigo. No vas a encontrar en ningún lugar el mundo un hombre más guapo que yo. Además, no sabes que clase de cabeza tengo, es única en el mundo. 
Y comenzó a tocar el tambor de su cabeza hueca.
parampampam, parampampam
Angá se quedó horrorizada
- ¿Como, mi marido tiene la cabeza hueca?, ¿pero de qué vamos a vivir?. Y comenzó a llorar desconsoladamente.
Xingú al observar a su mujer llorando, pensó que lo hacía por la emoción que sentía al haberse casado con un hombre tan guapo. Y después de contemplarla un rato, satisfecho de la reacción que había provocado en ella. se quedó dormido, como un tronco. 
Angá lo miraba mientras dormía y empezó a pensar que aquello, era un fraude, como un hombre tan guapo, podía tener la cabeza tan hueca. Pensaba que no se podía ir por ahí engañando a la gente. Y como en el pueblo de Angá era costumbre pintar los tambores, la mujer tuvo una idea. Fue a buscar un poco de arcilla para hafue cer pintura roja y carbón para hacer pintura negra y se puso a pintar la cara de Angá, con tanto arte que cuando terminó había quedado fantástico. parecía un auténtico demonio. 
Cuando Xingú se despertó al día siguiente, lo primero que hizo, fué a la orilla del río, como siempre, para contemplar su belleza. Al ver su reflejo en el agua, con la cara pintada, no se reconció y preguntó alarmado:
- ¡Eh, tu majadero!, ¡¿que haces dentro de mis ropas?!.
Pero el rostro no respondía, eso sí cuando Xingú se acercaba, la máscara se acercaba y cuando se alejaba la más cara lo hacía también. 
Xingú no lograba entenderlo, ¿quien era aquel sinvergüenza tan feo que llevaba puestas su ropas y hacía sus gestos?
- ¡Angá Ven!, - gritó. 
- ¿Quién me llama?
- Soy yo Xingú!
- Tu no puedes ser Xingú, mi marido es muy guapo y tu pareces un demonio. 
- ¡Es vedad!, soy muy guapo, lo sé por que me he mirado muchas veces en el río. ¡Voy a mirarme otra vez!. 
Y así lo hizo, pero cuanto más se miraba en el agua, menos se reconocía. 
- Esto no me gusta nada. Está claro que he perdido mi cara en alguna parte. -Y se puso a buscarla. Pero por más que buscaba, no lograba encontrarla. De pronto tuvo una idea y se golpeó la cabeza con el puño.
- Pom, pom, pom...¡Sí soy yo, cabeza hueca! - Dijo entusiasmado. Y corrió de nuevo a mirarse en el río.
- No, no soy yo... - ¿Como era posible que él, Cabeza Hueca, no fuera Xingú?, el sonido le decía que si, pero el agua le decía que no, era un caso muy curioso. Así que decidió volver a casa para decirle a su esposa que él, Cabezahueca se marchaba para buscar a Xingú, su esposo, donde quiera que estuviera.
Y así se marchó del pueblo, para buscarse a si mismo, y debió de ir tan lejos que aún no ha regresado o tal vez signifique que todavía no se ha encontrado. 



MAR
Fhundida. la fuente hundida.

La sombra de un León.

Principio de la historia interminable.

A DOS VOCES
"Un mar de fueguitos" de Eduardo Galeano

Aurora: - Cuenta la historia, que un hombre del pueblo de Negua, en la costa colombiana, subió a lo alto del cielo y al volver contó que desde arriba había visto la vida humana.

Mar: - La vida es un mar de hogueras. El mundo es eso, un montón de gente, un mar de hogueras.

Aurora: - No hay dos fuegos iguales, cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. no hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos pequeños y fuegos de todos los colores.

Mar: - Hay gente de fuego sereno que ni se entera del viento y gente de fuego loco que llena el aire de chispas.

Aurora: - Hay fuegos bobos que no alumbran ni queman

Mar: - Pero otros arden la vida con tanta intensidad que que no se puede mirarlos sin parpadear.

Mar y Aurora: - Y si te acercas, te enciendes.







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