jueves, 13 de febrero de 2020

Colorado Colorín

SOBRE EL AMOR DE PAREJA

LA CESTA. Cuento tradicional bosquimano. 
(A dos voces). 


Un pastor bosquimano, que cuidaba de sus vacas como si fueran sus hijas. Las llevaba cada día sus a pastar al más verde de los campos y por la noche las guardaba en el corral dejándolas satisfecho mientras rumiaban. Pensaba que por la mañana podría recoger la mejor leche. 
Una mañana se sorprendió al descubrir que  las ubres estaban flácidas, arrugadas y vacías y así sucedió un día y otro día y otro. Intentando descubrir aquel misterio, se quedó a pasar la noche en el corral para ver que sucedía. A media noche vio como una escalera, ricamente tejida con cuerda  plateada, descendía de las estrellas y por ella bajaban unas mujeres jóvenes, hermosas como la noche, con unas cestas en el brazo y unas cántaras a la espalda, susurrando y  riéndose entre ellas. Vio como se ponían a ordeñar el ganado y volvían a subir por la escalera con las las cántaras llenas. Antes de que la última subiera, salió de su escondite y la tomó por sorpresa en sus brazos, desde arriba recogieron la escalera y él se llevó a la muchacha a casa. 
No pasó mucho tiempo hasta que el pastor tuvo la cereza de que ella le amaba tiernamente,  porque no le miraba a los ojos, y le pidió matrimonio, ella contestó que sí, pero le puso una condición: que nunca mirara dentro de su cesta, a menos que ella no se lo permitiera. Él se lo prometió y desde aquel día no tuvo más problemas con la gente del cielo. Los días pasaron y fueron felices. Pero una tarde, que ella había salido, él encontró la cesta encima de la mesa y asaltado por la curiosidad quiso mirar en su interior y la abrió, asombrado comenzó  a reírse. 
Cuando ella regresó supo enseguida lo que había sucedido y con los ojos llenos de lágrimas le dijo: 
- ¡Miraste dentro de la cesta!. 
- Pero mujer loca, si no había nada dentro...
- ¿Nada? - contestó ella- 
- ¡Nada!
Entonces ella se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el poniente, perdiéndose entre los rayos de sol. Nunca nadie la volvió a ver en la tierra. 

Ella no se marchó por que hubiera roto su promesa, sino  porque al mirar dentro la cesta él no había podido ver nada.
Ella la había llenado de las cosas hermosas que había recolectado para compartir con él: la luz de las estrellas, el color del bosque en las noches de luna llena, olor a cantueso, las constelaciones que dibujaba con el dedo, colas de cometa... cosas destinadas a llenarlos de felicidad, pero cuando supo que él no había podido verlas, supo que no había nada pudiera hacer, ya no tenía sentido permanecer en la tierra y desapareció. 




SS.

LA TÍA MISERIA. Cuento tradicional español.


La tía Miseria era una mujer viejísima, tan vieja que era imposible encontrar a alguien que supiera a ciencia cierta la edad que tenía. Decían los chistosos que cuando caminada la sobrevolaban tres o cuatro buitres. Decían los poetas que si la mirabas a los ojos podías ver como la tierra entera se cuarteaba.
Además de vieja, Miseria era pobre, muy pobre. Vivía en una humilde choza a las afueras de un pequeño pueblo junto a su perrito Tarro. Tenía un hijo, Ambrosio,  pero andaba los caminos pidiendo limosna y casi nunca estaba en casa.  Lo único que poseía Miseria de valor era un peral, un árbol hermoso, que en otoño daba unas jugosas peras, pero de las que Miseria nunca podía llegar a disfrutarlas,  porque los muchachos del pueblo venían a robárselas sin que siquiera llegaran a madurar y rara vez Miseria llegaba a catar ninguna. lo más que podía hacer las anciana mientras descubría a los muchachos encaramados al árbol era protestar e insultarles y azuzarles a perro, pero entonces los niños huían dejando el peral vacío. 
Y año tras años Miseria lo único que podía hacer era pedir por el pueblo, algo de comida, para sobrevivir.
Una noche de tormenta, era invierno, llamó a la choza de Miseria un hombre muy pobre, mucho más pobre que ella, pidiendo algo de comer. Tía Miseria le invitó a entrar y compartió con él su escasa cena: una sopas de tocino rancio que apenas sabían a nada y un vaso de vino picado, que aquel hombre le supo a gloria. Luego partió por la mitad el jergón de paja en el que dormía e invitó al pobre a pasar la noche, junto a ella, en el suelo de su choza. A la mañana siguiente la mujer no consintió que marchara de su casa sin haber comido antes algo. La dijo que le esperara mientras ella iba a recoger unos mendrugos de pan que una vecina le había prometido la noche anterior. 
Aquel hombre al ver el buen corazón que tenía Miseria le confesó que aunque le viera con aquello harapos, él en realidad era un hombre mágico, capaz de concederle cualqueir tipo de deseo.
- ¡Vamos Miseria, pídeme algo, cualquier cosa!
- Y yo que te voy a pedir, si yo tengo todo lo que necesito, no necesito nada
- No seas orgullosa mujer, aporvecha tu suerte, algúna cosa querrás.... 
- Pues no, la verdad
pero tanto y tanto insistió el hombre que a la mujer se le vino una idea a la cabeza.
- Bueno sí, tengo una petición: que cualquiera que se suba a mi peral no pueda bajar a menos que yo se lo mande. 
- Si con eso te conformas, mujer, deseo concedido.
Enseguida se empezaron a notar lo efectos de aquella extraña concesión y cuando los primeros niños se subieron al peral a robar las frutas, se quedaron allí presos
- Ay granujas!!! ahora me las vais a pagar todas juntas... 
Y les golpeaba con le báculo en el que se apoyaba hasta que sentía lástima de ellos y les dejaba bajar y luego les azuzaba al perro que les mordía el culo y llegaban a casa con los pantalones hechos jirones.  
Poco a poco se fue corriendo la voz en el pueblo de que el peral de la tía Miseria estaba endiablado y poco a poco los niños dejaron de ir a robar las peras y llegaron para la anciana unos años buenos. podía comer sus propias peras, pero además las podía vender y con lo que sacaba empezó a vivir con dignidad.

Pero una fría noche de tormenta alguien llamó a la puerta tres veces. Miseria abrió la puerta y en el trasluz de una noche de media luna, pudo ver la figura de un hombre, alto, seco, con una guadaña al hombro.
Misería supo enseguida quien era, pero ella no quería morir.
- ¿A qué vienes tu?! Le dijo, ahora que estoy en lo mejor de mis días.
- Miseria, vengo a buscarte y tiensd que venirte con migo
- De es nada, no pienso marchar contigo. Yo me quedo, me quedo y me quedo
- Eso no puede ser mujer, tu hora a llegado y eso es improrrogable, tienes que acompañarme
- Que no
- Que no discutas
- Que no
- Que es imposible
Tanto y tanto insistió la muerte que la mujer le dijo finalmente
- De acuerdo muerte, si eres mi destino, acepto, te acopañaré. Pero antes quiero pedirte un favor.
- Pues que deseas mujer.
- Pues mira, yo voy a entrar un momento dentro, quiero adecentarse para el último viaje. Tu mientras tanto quiero que te subas al peral y cojas esas tres peras que quedan para el viaje  y así podremos refrescarnos durante el camino.
A la muerte aquella le pareció una idea fantástica y sin pensárselo dos veces se subió al peral, una vez arriba notó una fuerza irresistible que no la dejaba bajar. 
Mierntras tanto Miseria, asimada a la ventana de su choza, se desternillaba viendo como la muerte estaba atrapada en su peral
- Muerte traicionera, quédate ahí prisionera, que yo me quedo en mi choza y no me pienso marchar.
Y allí se quedó la muerte. 
Y pasaron días, semanas, meses y años sintiéndose la falta de la muerte en el mundo, nadie, absolutamente nadie moría. Los ancianos se hacían cada vez más viejos sin encontrar el final. Los enfermos abarrotaban los hospitales y muchos suplicaban a los médicos que les diran algún remedio que acabara con su sufrimiento sin que los médicos pudieran hacer nada. la gente intentaba morir sin conseguirlo: se acuchillaban los unos a los otros, se arrojaban de precipicios, intentaban ahogarse en el mar... pero ni en las guerras moría nadie y la tierra iba llenándose de enfermos y moribundos y daba pena de ver, la muerte no podía hacer su trabajo por que estaba colgada del peral de la tía Miseria y no podía bajar de allí a menos que la anciana le diera permiso.
Todo el mundo andaba buscando a la muerte y los médicos estaban desesperados y se asociaron y la buscaron por todas partes y hasta eL  infierno llegaron, descubriendo que el ultimo que había vist a la muerte era el mismísimo demonio. 
- Claro!, creo recordar que la última vez que la vi iba a buscar a Miseria. Y yo también estoy cansado de ver aquí siempre las mismas caras, que no me entra nadie desde hace un montón de tiempo... 
Así que se fuero todos a casa de la Tía Miseria: médicos, moribundos, gentes del pueblo y a la cabeza de la manifestación el mismísimo demonio.
Y cuando llegan, a casa de Miseria, y se encuentran allí a la muerte colgada del peral , no lo podían creer
- Pero que haces ahí arriba -pregunta el demonio- ¿tu sabes a que estas liando?
- Pues es que no puedo bajar
- ¡Anda! dejate de tonterías y baja inmediatamente, que tienes el mundo hecho un cristo...
- Que te digo que no puedo, que Miseria me tiene que autorizar y que no le da la gana...
- ¿Es eso cierto Miseria?
- Que no que no y que no, que si la dejo bajar me lleva y yo quiero vivir, vivir y vivir...

- Pero mujer...
-Que nó...
Entonces el demonio mandó subir a unos cuantos hombres al peral para que ayudaran a la muerte a bajar, pera cada hombre que subía allí, untentando tirar de las piernas a la muerte, se quedaba pegado y poco a poco el peral se fue llenando de racimos de personas que no podían bajar.
Entonces probaron los mejores leñadores a cortar con sus hachas el árbol pero las herramientas quedaban melladas como si fueran de estaño.
La tía Miseria contemplaba el espectáculo desde la ventana de su choza
- Es inútil todo lo que trabajéis nadie puede bajar del peral sin mi permiso y no pienso darlo, que yo quiero vivir, VIVIR... jajajajaja 
Y se corrió la voz del enorme poder de la anciana y llegaron hasta la choza de Miseria hombre y mujeres importantes llegados de todas las partes del mundo a suplicar a la mujer que dejara bajar a la muerte, que la dejara a¡hacer su trabajo, que daba pena de ver que mundo como estaba, todo lleno de gente moribunda que no moría a pesar de las calamidades que estaban pasando... 
Y de tanto insistir, acabaron  convenciendo a la buena mujer, que lo que más amaba en el mundo era la vida que la dejara bajar, pero a cambio puso una condición.
- De acuerdo, ella bajará si me promete que no vendrá a llevarme ni a mi ni a mi hijo Ambrosio, a menos que yo la llame tres veces.
El demonio y la muerte anduvieron discutiendo un rato pero finalmente aceptaron
-  De cuerdo, aceptamos
Aco seguido la muerte bajó del peral y se puso a cortar pescuezos a diestro y siniestro, morían a millones por todo el mundo, todo el que buscaba la muerte la encontraba y a quien la tocaba morir moría, que era lo natural. 
Bueno, todos no, la tía Miseria y su hijo Ambrosio siguen aquí. es por eso que dicen que aún continúa habiendo en el mundo Hambre Y Miseria. 

SOBRE EL AMOR A UNO MISMO

CABEZAHUECA. Cuento tradicional siberiano



SOBRE EL AMOR DESPUÉS DE LA VIDA

EL FANTASMA CON ASMA. Carmen Gil

Godofredo, el matasanos
se ha levantado temprano
va a visitar a un paciente
más raro de lo corriente

Es un fantasma, con asma
que ya ni asusta ni pasma.
Tese mucho, aulla poco 
y estornuda como un loco

Vive de noche y de día 
en una mansión muy fría
Muy cerquita de la luna 
y más solo que la una

Con bufanda, gorro y guantes
vaga el espíritu errante
Por lugar tan poco cálido
y está pálido y escuálido

Godofredo, en nochebuena
va a curar al alma en pena
y examina cn sus lentes
pacientemente al paciente

Con atención exclusiva
lo mira de abajo a arriba
con esmero y con trabajo
lo mira de arriba a abajo.

Después de una hora y media
consulta su enciclopedia
y contra todo pornóstico
da el médico su diagnóstico:

Este fantasmal fantasma
no tiene gripe ni asma
de lo que sufre en verdad
es de una gran soledad

Esa constante friolera
es de dentro, no de fuera
que a un corazón sin amor
se le va todo el calor

Le receta el recetante
una receta brillante:
Dosis enormes de afecto
para mejorar su aspecto.

Besos, caricias, cosquillas
ni jarabes, ni pastillas
Cucamonas y achuchones
Ni pomadas ni inyecciones.

Y le da el curalotodo
pensando un poquito en todo
las señas de unos fantasmas
que van a curarle el asma

Viven en una atalaya
muy cerquita de la playa
junto a un enorme membrillo
en una castillo amarillo

Vaga y vaga el vagabundo
recorriendo medio mundo
y da en un lugar ventoso
con el castillo dichoso

Un fantasma hospitalario
un poquito estrafalario
le ofrece albergue y cobijo
y lo trata como a un hijo

Tres fantasmitas llorones
le dan cientos de achuchones
y una fantasma con moña
cariños y carantoñas

Con tanta zalamería
ya el fantasma no se enfría
está fuerte como un roble
y canta y se ríe el doble

Y aquí se acaba este cuento
sin cataplasmas ni ungüentos
y es que el cariño a raudales
alivia todos los males


SOBRE EL AMOR AL MUNDO

LA TEJEDORA

Sssssissss, ssssasss

Sssssissss, ssssasss
Sssssissss, ssssasss

La Tejedora, teje el mundo, se necesita mucho amor para tejer el mundo

La Tejedora, está muy vieja, ha invertido muchos años de amor en tejer el mundo
Teje el árbol con el pájaro, el pájaro con el viento, el viento con la tierra, la tierra con el hombre el hombre con la mujer, la mujer con el hijo, el hijo con la mujer, la mujer con el hombre, el hombre con la tierra, la tierra con el viento con el pájaro, el pájaro con el árbol... ella teje, siempre teje.

Los tejidos de la tejedora son frágiles
Sssssissss, ssssasss
pero vitales
Sssssissss, ssssasss
Todo el tiempo se rompen y ella todo el tiempo tiene que reconstruirlos.

Cada vez que los tejidos se rompen se hacen más frágiles y delicados, cada vez el hilo es más fino y cada vez es más difícil de tejer.

Sssssissss, ssssasss
Sssssissss, ssssasss
Sssssissss, ssssasss

La tejedoras está muy vieja y muy sola...
tiene que conseguir un novio para poder tener hijos, para que ellos puedan seguir tejiendo el mundo.
Pero la tejedora se ha vuelto fea, no tiene dientes, su cara está llena de verrugas y le resulta difícil conseguir compañero. Está vieja y cansada. Los hilos está empezando a romperse más rápido de lo que la tejedora puede tejer.
Trabaja tantas horas tejuendo el mundo y tanto trabajo, le damos que no tiene tiempo para conseguir novio. La tejedora no consigue novio y se va a morir. No hay quien pueda reemplazarla en su labor de tejer el mundo.


SOBRE EL AMOR CARNAL ENTRE BRUJAS Y DEMONIOS

EL JOROBADO Y LAS BRUJAS


SOBRE AL AMOR A LA HUMANIDAD. 

UN MAR DE HOGUERAS. Eduardo Galeano
(A dos voces)

Cuentan que un hombre del pueblo de Negua en la costa Colombiana, subió un día a la montaña más alta del mundo y al volver contó lo que desde arriba había visto la vida humana.
- La vida es un mar de hogueras. -dijo- El mundo es eso, un montón de gente, un mar de hogueras. No hay dos fuegos iguales, cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
Hay fuegos grandes y fuegos pequeños y fuegos de todos los colores.
Hay gente de fuego sereno que ni se entera del viento  y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. 
Hay fuegos bobos que ni alumbran, ni queman. Pero otros arden la vida con tal intensidad que no puedes dejar de mirarlos y deslumbran y tienes que entornar los ojos y se te acercas, te enciendes. 

OTRAS VERSIONES ENCONTRADAS DE LA CESTA


Erase  una vez  un hombre  que estaba profundamente enamorado de una mujer. La veía pasar todos los días con una cesta de mimbre colgada el brazo.
El sabía que ella le amaba tiernamente porque nunca le miraba a los ojos. 

Un día, le pidió matrimonio y ella contestó que sí, pero le puso una sola condición: que nunca mirara dentro de la cesta de mimbre hasta que ella le diera permiso. Así se casaron y fueron muy felices.
Pero el marido pronto olvidó su promesa y un día que ella había ido al mercado abrió la cesta. Asombrado, comenzó a reírse.
Estaba vacía. Cuando ella llegó los ojos se le nublaron de lágrimas, de alguna manera supo que él había roto la promesa y le miró acusadora y llena de pena.
El trató de defenderse: "Mujer loca, no había nada allí dentro", "¿Nada?", murmuró ella. "Nada", contestó él. Entonces, ella dio la vuelta y empezó a andar hacia el sol poniente hasta que su imagen desapareció entre los rayos anaranjados. 

Nunca nadie la volvió a ver sobre la faz de la tierra. 
No, la mujer no se marchó porque él hubiera roto la promesa, sino porque al mirar en el interior no vio nada. Ella había llenado aquel cesto de cosas hermosas que había recolectado del cielo: polvo de estrellas, rayos de luna, colas de cometas... cosas destinadas a llenarles de felicidad.
Cuando él miró y no pudo verlas, ella comprendió que ya no había nada que pudiera hacer y desapareció.

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Era un hombre de la primera raza que en verdad amaba su ganado blanquinegro. Siempre llevaba él mismo sus vacas al campo, seleccionaba para ellas los mejores pastos posibles, y veía por ellas como una madre ve por sus hijos, vigilando que ningún animal salvaje se acercara a lastimarlas o perturbarlas. Al anochecer las llevaba de vuelta a su corral, sellaba la entrada cuidadosamente con ramas de la más dura espina, y, viéndolas rumiar contentas, pensaba: "Por la mañana tendré una maravillosa cantidad de leche qué ordeñar." Una mañana, sin embargo, cuando se dirigió al corral esperando encontrar las ubres llenas y lustrosas de tanta leche, quedó sorprendido de ver que estaban flácidas, arrugadas y vacías. Reprochándose inmediatamente, pensó que había elegido mal sus pasturas, y las llevó a mejores pastos. Las trajo de vuelta a casa al anochecer y de nuevo pensó: "Mañana con toda seguridad obtendré más leche que nunca"; pero por la mañana, de nuevo, las ubres estaban flácidas y secas. Por segunda ocasión cambió de pastos, y sin embargo otra vez las vacas no tuvieron leche. Perturbado y receloso, decidió vigilar su ganado a lo largo de la oscuridad.


A mitad de la noche, quedó asombrado de ver una cuerda de la fibra más finamente hilada descendiendo de las estrellas; y por esta cuerda, mano sobre mano, una detrás de otra venían bajando algunas jóvenes de la gente del cielo. Las vio, hermosas y alegres, susurrando y riendo suavemente entre ellas, entrar a hurtadillas al corral y ordeñar con calabazas su ganado hasta dejarlo seco. Indignado, saltó para atraparlas, pero astutamente se dispersaron, de modo que no supo hacia dónde correr. Al final, logró capturar a una; pero mientras la perseguía, las demás, con todo y calabazas, huyeron al cielo, retirando la cuerda cuando la última subió, así que no puedo seguirlas. No obstante, estaba contento, porque la joven que había capturado era la más encantadora de todas. La hizo su mujer y a partir de ese momento no tuvo más problemas con la gente del cielo.


Ahora, su nueva esposa iba todos los días a trabajar sus sembradíos, mientras él cuidaba el ganado. Eran felices y prosperaban. Sólo una cosa lo preocupaba. Cuando capturó a su mujer, ella traía consigo una canasta. Estaba tejida con destreza, tan apretada que no podía ver a través de ella, y siempre firmemente cerrada con una tapa que encajaba con exactitud en la apertura. Antes de casarse con él, su mujer le había hecho prometer que no levantaría la tapa de la canasta y miraría en su interior mientras ella no le diera permiso. Si lo hiciera, un terrible desastre podría sobrevenirles a ambos. Pero a medida que los meses fueron pasando, el hombre comenzó a olvidar su promesa. Se volvía cada vez más curioso, viendo la canasta tan cerca día tras día, siempre firmemente cerrada. Un día en que estaba solo, fue a la choza de su mujer, vio la canasta allí entre las sombras, y no pudo aguantarse más. Arrancó la tapa y miró en su interior. Por un momento se quedó incrédulo, después estalló en carcajadas.


Cuando su mujer regresó al anochecer, supo enseguida lo que había sucedido. Se puso la mano en el corazón y mirándolo con lágrimas en los ojos, le dijo: "Miraste en la canasta."


Él lo admitió con una risa, y dijo: "Tú, mujer tonta. Tú, criatura tonta, tonta. ¿Por qué armaste tanto alboroto por esta canasta? No hay nada en ella."


"¿Nada?", dijo ella, apenas encontrando la fuerza para hablar.


"Sí, nada", le respondió con énfasis.


Ante esto, ella le dio la espalda, se marchó caminando hacia el sol poniente y desapareció. Nunca se le volvió a ver en la tierra.


¿Y saben ustedes por qué se fue? No debido a que él hubiera roto su promesa, sino porque, al mirar en la canasta, la encontró vacía. Se fue porque la canasta no estaba vacía: estaba llena de hermosas cosas del cielo que ella había guardado allí para ambos, y puesto que él no pudo verlas y sólo se rió, ya no tenía sentido que ella permaneciera en la tierra y desapareció.



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