miércoles, 11 de diciembre de 2019

EL DÍA QUE BALDOMERO ROBÓ EL SOL

Cuentan, los que cuentos cuentan, que en un pequeño pueblo, no muy lejos de aquí, vivió en tiempos de Maricastaña un pequeño diablillo llamado Baldomero. Vivía en un sótano en profundo, profundo, profundo . 

A Baldomero, lo que más le gustaba del mundo era fastidiar a los demás y ver sufrir a la gente, y sobre eso siempre andaba dándole vueltas a la cabeza, inventándose trastadas, con el único afán de divertirse.  

Un día se  le ocurrió la mayor de las maldades: pensó en robar el Sol. Sólo de pensar el follón que se organizaría en la vida de las personas sin su luz y su calor, le provocaba un regocijo inmenso.

Así que un domingo por la mañana, se levantó muy temprano, se puso unos guantes de cuero para no quemarse y nada más salir el sol lo metió en un saco, y salió corriendo hacia su casa, en las profundidades. Allí lo metió en una enorme jaula para loros  y lo escondió debajo de la mesa del comedor, tapándolo con una manta.  Luego se subió encima del campanario de la iglesia, que era al punto más alto del pueblo, desde donde podía ver todo estupendamente y se sentó a contemplar el resultado de su fechoría.

Desde allí pudo ver como las plantas privadas de la luz se marchitaban y moría. los animales desconcertados por las tinieblas se escondían o se ponían a hibernar. Y se lo pasó en grande viendo como comenzaba a escasear el alimento y la gente se iba volviendo hosca, desconfiada y huraña, enfadados por la oscuridad y divididos por el hambre. Y cuando Baldomero pensaba que nada podía ir mejor, vio a María. 

María era la única persona del pueblo que no estaba triste,ni enfadada. Ella se había acostumbrado desde pequeña a la escasez, y continuaba con sus tareas habituales, cantando, como si tal cosa. estaba buscando algo con lo que preparar la comida para ella y sus trece hermanos. 

Baldomero contrariado, la observaba, pensando como podía solucionar aquello. Vio  como María abría el frigorífico y sacaba de la última balda oxidada un huevo. Uno, pequeño, para todos. 
Entonces Baldomero comenzó a sonreír de nuevo, pensando en la que se liaría con tan poquísima comida para tantos hermanos como eran. 

María tomó un platillo de porcelana metálica y un tenedor, cascó el huevo y comenzó a batir con todas sus fuerzas. ¡ Clas, Clas, Clas...!
Baldomero se acomodó en su atalaya, dispuesto a no perder su buen humor. Ese huevo, era tan pequeño, que solo tenía que esperar un poco para contemplar una buena pelea.
María batía el huevo con tanta fuerza que el sonido del tenedor sobre las pareces del plato llegó a oídos de sus vecinas, que intrigadas salieron a investigar. 
- ¡María!, ¿que es ese estruendo que sale de tu casa?
- Es que estoy batiendo un huevo
- ¿Un huevo?, ¿y porqué haces tanto ruido?
- Es que mi abuela me dijo una vez que si bates con mucha fuerza, el huevo crece y como sólo tengo uno y somos tantos para comer.... Mi abuela me decía: y que había que preguntar la huevo: ¡¿huevo por que no creciste?!, y el huevo te responde entonces. ¡cochina, por que no me batiste! 
- Oye María! volvió a preguntarle una vecina- ¿y tu crees que si te ayudamos podría crecer tanto como para que podamos comer todas?
María dudó un momento ante las miradas hambrientas y triste de las vecinas y después de un rato respondió:
- Bueno... podríamos intentarlo. Pero hará falta un recipiente más grande y algunos... 

Antes de que terminara de decir la frase, hubo un revuelo de vecinas y en menos que canta un gallo se empezó a escuchar de nuevo el repiqueteo. Había un montón de manos, cargadas de tenedores batiendo el huevo, alrededor de un enorme lebrillo. El sonido se escuchaba en todo el pueblo ¡ Clas, Clas, Clas, Clas...!

Baldomero estaba como loco imaginando la trifulca que se iba a organizar cuando tantas bocas quisieran comer de un sólo huevo. 

No tardaron en llegar la vecinas de la calle de abajo que venía a investigar y que se juntaron en la puerta de María con las de la calle de arriba, que también querían saber de donde procedía aquel sonido. Cuando se enteraron de que había un huevo para comer y como podían hacerlo mayor, convencieron a María de que las dejaran participar en la batida. 
- ¡ Huevo por qué no creciste!, ¡cochina, porque no me batiste! 
¡ Clas, Clas, Clas, Clas...!

Y el sonido llegaba a otras barriadas del pueblo y continuaban sumándose manos de vecinas a la enorme batida, parecía que el mundo se iba a caer con aquel sonido atronador.

Baldomero, pensaba que aquello no sería una trifulca, sino una verdadera batalla campal y se tronchaba de la risa contemplando el espectáculo.

... y las mujeres venga a batir y venga a batir: ¡ Clas, Clas, Clas, Clas...!
- ¡ Huevo por qué no creciste!, ¡cochina, porque no me batiste!-  Bis.
- ¡ Huevo por qué no creciste!, ¡cochina, porque no me batiste!-  Bis.
- ¡ Huevo por qué no creciste!, ¡cochina, porque no me batiste!-  Bis.

Pero de pronto, el ruido cesó. Baldomero se incorporó limpiándose con la manga la lágrimas de la risa y pudo ver como el huevo había alcanzado un tamaño descomunal y comenzaba a elevarse en el aire, ligero, grande y esponjoso. Subía despacio hacia el cielo ante los ojos tristes y atónito de María, de sus trece hermanos y de todas las vecinas del pueblo. Y aunque no hubo pelea, Baldomero disfrutaba viendo como todos se quedaban sin comer. 

Pero de repente, algo sucedió. Aquella bola gigante de color anaranjado se detuvo en medio del cielo y comenzó a repartir el calor y la energía que tantas manos habían puesto en su creación. Y las tinieblas comenzaron a disolverse y volvió la luz y las plantas comenzaron a brotar y los animales salieron de sus escondites y los pájaros comenzaron a cantar y la gente empezó a sonreír.

Baldomero enfadado y con el rabo entre las piernas decidió regresar a casa, en aquel profundo sótano del pueblo.  Y al abrir la puerta de casa encontró su hogar tan confortable y calentito que se acomodó en el sillón junto a la mesa, se puso las faldas de la mesa encima de las piernas y pensó que al menos algo de provecho había sacado. Y mientas se iba quedando amodorrado junto a su nueva mesa con brasero, pensó que tampoco pasaba nada por dejar las cosas tal y como estaban... al menos de momento. 

Nono Granero

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