jueves, 7 de abril de 2022

JUAN SOLDADO

JUAN SOLDADO. Fernán Caballero.

Érase una vez un mozo, sin casa ni canastilla, al que le tocó la suerte de soldado. Porque antes el oficio no se elegía, a cada uno le tocaba, lo que le tocaba.

A los ocho años que cumplió su tiempo en la milicia, se volvió a reenganchar por otros ocho y después por otros tantos. Cuando ya era viejo y no servía n para ranchero, lo licenciaron dándole una libra de pan y seis maravedís, la paga habitual de las despedidas.

-          Pues si que me ha lucido el pelo, -pensó Juan-, después de 24 años sirviendo al rey todo lo que me queda es una libra de pan y seis maravedís. ¡Pero anda con dios! Que amargándome lo único que saco es hacerme mala sangre. Y siguió cantando su camino:

La boca me huele a rancho

Y el pescuezo a corbatín

Las espaldas a mochila

Y las manos a fusil

Y en esas andaba Juan cuando se encontró con San Pedro que traía de la mano al mismísimo Jesús y que pidieron a Juan una limosna:

-          ¿Perqué voy a dar yo! -dijo Juan Soldado- si después de 24 años de servir al rey, lo único que he sacado es una libra de pan y seis maravedís?

Pero San pedro insistió, que esta agente es de mucho insistir y Juan acabó cediendo. Cortó su libra de pan en tres trozos, repartió dos y se quedó con uno de ellos. Y los tres continuaron su camino.

Paro pasadas dos leguas, se los volvió a encontrar en el camino a Jesús y a San Pedro que le volvió a pedir limosna.

-          Pero, vamos a ver, - dijo Juan- . Que yo conozco esa clava, que yo ya les he dado a ustedes. ¡Pero anda con Dios! Que aunque después de 24 años de servir al rey, lo me queda una libra de pan y seis maravedís y ya he partido mi pan en tres trozos y solo me queda este pedazo, pero vaya, lo repartiré con ustedes…

Así que cortó en tres pedazos el trozo de pan que le quedaba, les entregó dos y se comió el suyo para que no le volvieran a pedir. Y los tres siguieron su camino.

Pero al ponerse el sol se los vuelve a encontrar por tercera vez y le vuelven a pedir limosna.

-          Pero, vamos a ver. Yo juraría que ya les he dado a ustedes - dijo Juan- .¡Pero anda con Dios! Que aunque después de 24 años de servir al rey, solo saqué una libra de pan y seis maravedís, repartiré mis seis maravedís con ustedes como lo hice con el pan.

Cogió 4 maravedís se los dio a San Pedro y se quedó con dos.

-          ¿Dónde voy yo ahora con un ochavo? - Pensó Juan- Pues si quiero comer no me queda mas remedio que doblar el lomo y ponerme a trabajar.

-          ¡Maestro!, - dijo San Pedro- haga algo por este desdichado que después de 24 años de servir al rey, solo sacó una libra de pan y seis maravedís y los ha repartido con nosotros.

-           Pues pregúntale que quiere -respondió Jesús-

Y después de pensarlo un rato pidió un morral que todo lo que él quisiera se metiera dentro. Y le fue concedido.

Y cada cual continuó su camino.

Llegó Juan Soldado a un pueblo y pasó por una tienda donde había unas hogazas de pan blanco y longanizas colgadas, con una pintaaa… que decían a voces ¡comedme!. 

-          Al morral, - gritó Juan-

Entonces había que ver como las hogazas danto vueltas como ruedas y las longanizas reptando como culebras iban por la calle abajo y al tendero y al hijo corriendo detrás de ellas son poderlas atrapar,  iban ¡derechitas a meterse en el morral!. Y Juan comiendo por todo el hambre de años. Y cuando se había dado un buen atracón Juan continuó su camino hasta llegar al siguiente pueblo y como estaba cansado fue a pedir alojamiento al alcalde.

-          Señor, soy un pobre soldado que después de 24 años de servir al rey, solo saqué una libra de pan y seis maravedís, que ya gasté por el camino.

El alcalde le dijo que podría alojarle en una casa cercana a la que nadie quería ir porque allí había muerto un condenado y decían que en la casa pasaban cosas extrañas. Pero que si él era valiente podía ir allí y allí encontraría de todo, pues el condenado había sido un hombre muy rico y en la casa estaban todos su riquezas.

-          Señor, Juan Soldado ni debe, ni teme, y allí voy a instalarme en un decir tilín.

Y en la casa encontró el centro de la abundancia: la bodega llena, las despensa atestada de comida. Así que se sirvió una buena jarra de vino, por lo que pudiera pasar, que sabía que a los borrachos se les tapa la vena dl miedo, encendió el fuego y se puso a preparar una migas de tocino.

De pronto escuchó una voz que bajaba por la chimenea y decía:

-          ¿Caigo?

-          Cae si te da la gana!, que el que el que ha servido 24 años de servir al rey, sin sacar más que una libra de pan y seis maravedís, ni teme, ni debe, – respondió Juan ya embriagado por los vapores del vino-

De pronto cae por la chimenea una pierna humana. Juan pegó un respingo, cogió la jarra de vino y se la tomó de un solo trago.

-          ¿Quieres que te entierre? – le preguntó Juan-

La pierna dijo que no con un dedo del pie

-          Pues púdrete ahí – le dijo-

Al momento se escuchó la misma voz de antes que bajaba por la chimenea y decía:

-          ¿Caigo?

Cae si te da la gana!, que el que el que ha servido 24 años de servir al rey, sin sacar más que una libra de pan y seis maravedís, ni teme, ni debe, – respondió Juan dando otro gran trago a la jarra de vino.

Cae entonces por la chimenea otra pierna y luego un brazo, otro brazo, los cuatro cuartos de un hombre y por último la cabeza. Pedazo a pedazo el espectro se fue recomponiendo hasta dejar ver la horrible aparición del mismísimo condenado que con una voz que helaba la sangre le dijo:

-          Juan soldado, ya veooooo que eres valienteeee

-          Si, señor, lo soy, pues ha de saber su merced, que he servido 24 años al rey, y que a cambio solo saqué, una libra de pan y seis maravedís.

-          No te preocupes por esooo – le dijo el espectro- que si haces lo que yo te digo y salvas mi alma, serás muy feliiiz.

-          Claro, señor, cualquier cosa para juntar a usted los cuartos de usted y que no se vuelvan a desperdigar

-          Lo malo – dijo el espectro-  es que me parece que estás borracho-

-          No señor, no. Solamente tengo un puntito. Ha de saber vuestra merced que hay tres tipos de borracheras: la primera: de escucha y perdona, la segunda de capa arrastrando y la tercera de medir el suelo. Y yo, no he pasado de la primera… cuente, cuente que le escucho

-          Entonces, sígueme, dijo el espectro.

Juan soldado le siguió más pallá que pacá, parecía un santo encima de unas andas y cogió un candil con la mano, pero el espectro se lo apagó, sus brillaban con dos teas ardiendo. Llagaron a la bodega, le dio a Juan un azada y le dio a Juan que cavara

-          ¿Cavar yo? que he servido 24 años de servir al rey, sin sacar más que una libra de pan y seis maravedís, voy a cavar para un muerto que lo mismo ni eso me da? Ande y cabe usted con el alma si quiere…

Así que el espectro se puso a cavar.  Al poco sacó del suelo tres tinajas y le dijo al soldado:

-          Esta tinaja está llena de monedas que repartirás entre os pobres; esta otra tiene plata, con ella pagaras sufragios por mi alma. La última contiene oro y es para ti, si me prometes usar las otras dos en lo que te he dicho.

-          Pierda su merced cuidado – le dijo Juan- por 24 años he estado sirviendo al rey, haciendo todo lo que me han mandado, sin sacar más que una libra de pan y seis maravedís, como no hacer ahora lo que me pide con tan buena recompensa.

Así que Juan Soldado hizo todo lo que el espectro le pedía, salvó el alma del condenado y se hizo muy rico con todo el oro de la tinaja…

Pero, resultó, que a Lucifer aquello le supo a cuerno quemaó, por que aquella alma del espectro era suya y juró vengarse de Juan Soldado. La pidió a un Satanisillo muy astuto que había en el infierno que le trajera a Juan a cambio de algunos favores.

Y allí estaba Juan sentado en su corral, cuando de repente se la aparece aquel pequeño demonio.

-          Buenos días señor Juan

-          Me alegro de verte demonio ¿quieres un cigarrito?

-          No fumo Don Juan, soy pequeño

-          ¿Quieres entonces un trago de vino?

-          Yo solo bebo agua fuerte señor Juan

-          Entonces que quieres alma de Caín

-          Vengo a llevarme a su merced

-          Ah bueno, si es eso, yo me voy contigo, no he servido 24 años al rey para tocar retirada con un demonio de mala muerte, como tu… Juan Soldado ni debe, ni teme ¿estamos? Mira, súbete a la higuera y mientras yo me preparo para el camino, tu recoges una brevas para el camino

El demonio que era muy goloso se subió a empezó a engullir brevas como s un hubiera un mañana y de pronto llega Juan soldado con su morral y grita

-          ¡Al morral!

Había que ver a demonio la cara de asombro y terror que tenía mientras entre contorsiones que metían miedo se dirigía, sin remedio, a meterse en el morral de Juan.

Entonces Juan cogió una barra de hierro y se puso a golpear el morral con el Satanisillo dentro, dejándole los huesos molidos.

Imaginaos la cara de Lucifer cuando ve como regresa al infierno su enviado demoniaco, su ojito derecho, el preferido de sus secuaces

-          ¡Por los cuernos de la luna! -grita- ese Juan Soldado me las va a pagar todas juntas. Yo mismo voy a ir a buscarle.

Pero Juan soldado que ya se imaginaba la visita, no se había quitado el morral en todo el día y apenas ve llegar a Lucifer echando sapos culebras por la boca y fuego por los ojos, se planta delante suya gritándole:

-          ¡Qué, compadre Lucifer!, que Juan Soldado no teme no debe, para que lo sepas.

-          Tú, fanfarrón, tragaldabas,  te voy a meter en el infierno en un decir Satán.

-          ¿Tu a mi, a Juan Soldado?,  Hey, compadre soberbia, el que te va a meter para dentro soy yo

-          Inmundo gusano terrestre, te vas a enterar…

-          Fantasmón, te voy a meter a ti y a tu rabo y a tus cuernos en mi morral

-          Basta! – dijo Lucifer alargando la mano y dejando al descubierto sus terribles uñas-

-          ¡Al morral! – dijo Juan con voz de mando-

Y por mas que Lucifer se retorció, bramó, chilló, de resistió, se hizo un ovillo y aulló, al morral fue de cabeza.

Entonces Juan cogió la barra de hierro y comenzó a golpearlo como si un hubiera un mañana. Dejando a Lucifer como un papel de fumar, aplanado y churruscado.

Cuando se casó de golpearle le dijo salir diciéndole:

-          Por ahora tienes bastante, pero si te atreves a volver… ay si te atreves a volver… tan cierto como que he servido 24 años al rey, sin sacar más que una libra de pan y seis maravedís, que te arranco, los cuernos, la cola y las uñas y ya veremos entonces a quien metes miedo.

Cuando Lucifer entró en el infierno, estaba lisiado, tullido y con el rabo entre las piernas.

-          Que hacemos ahora señor? Le preguntaron los demonios

-           Llamad ahora mismo a los mejores cerrajeros y albañiles para cierren todas las puertas y grietas que de acceso al infierno y que Juan Soldado no pueda entrar por ningún sitio. – y así lo hicieron-

Y cuentan que cuando años más tarde a Juan Soldado le, llegó al hora de la muerte cogió su morral y se fue hacia las puertas del cielo. Allí estaba San pedro que le dijo:

-          ¿A dónde vas amigo?

-          ¡Pues a entrar!, le respondió Juan

-          Bueno, pero aquí no entra cualquiera, ¿Cuáles son tus méritos?

-          Pues no poca cosa. He servido 24 años al rey, sin sacar más que una libra de pan y seis maravedís ¿le parece poco?

-          Pues no es suficiente, - le respondió San Pedro-

-          ¿Qué no basta? Dijo dando un paso adelante- ya veremos-

San Pedro le quiso cortar el paso

-          Al morral – gritó Juan- Que Juan Soldado, ni debe ni teme

-          Pero hombre Juan -gritaba San Pedro- suéltame, que las puertas del cielo están sin custodia y puede colarse cualquiera…

Pues no es eso lo que yo quería Señor San Pedro, pero ¿a usted le parece bien que después de haber servido 24 años al rey, sin sacar más que una libra de pan y seis maravedís, no encuentre yo, por aquí arriba, mi cuartel de inválidos?

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