Candela esperaba cada año la llegada de los Reyes Magos con un nudo en el estómago, como si no supiera que le iban a traer. Y siempre, desde que recordaba, le habían traído lo mismo: una naranja.
Con la naranja podía jugar mucho tiempo. La podía lanzar como una pelota, hasta que acababa espachurrada. O podía colgarla del rabo, si tenía la suerte de que aquel año tuviera rabo. colgarla del árbol de navidad como si fuera un adorno, así el pino marrón que sólo tenía piñas marrones tuviera un color con el que nunca había soñado, si es que los pinos soñaban... pero con el calor de la casa la naranja se acababa pronto. También podía pincharle cuatro ramitas, como si fueran dos brazos y dos piernas y hacer una muñeca gorda y naranja. Y si aquel año había venido con el envoltorio, podía hacerle a la muñeca un vestido blanco. También podía ser una sábana blanca de papel bajo la que acostar a la muñeca enferma, que se había puesto naranja de tanto comer. Aunque ya se sabía que poco podía hacer por su salud, cuando pasados unos días iba perdiendo en color y adquiriendo un color blanco moho.
No era fácil jugar mucho tiempo con la naranja pelota, adorno navideño y muñeca. Tampoco podría disfrutar del sabor a naranja en la comida de Reyes, ni en la cena, por que a la mañana siguiente , como todas las niñas debía de llevar su regalos a la escuela.
Aquel día tocaba para comer lo de siempre: patatas. Si tenía suerte puede que encontrara algún trocito de tocino o una pizca de chorizo en el caldo en el que flotaban las patatas.
La naranja era un lujo reservado a los señores, no se comía todos los días. Sólo después de volver del colegio, podía comerse la naranja, como los señores. En casa de los señores, los reyes no dejaban naranjas, por que las niñas de los señores comían fruta todos los días. A ellas los reyes les ponían muñecas de porcelana, con las mejillas sonrosadas y la frente brillante.
Al día siguiente, con su naranja `protegida en su traje de papel, se dirigía la colegio y se sentaba en su silla con la naranja encima de la mesa. Las otras niñas colocaban sus muñecas en la mesa de la maestra y ella roja de vergüenza, se levantaba con su naranja y la escondía bajo las faldas de flores de aquellas princesas blancas de porcelana con mejillas rojas, igual ellas también sentían vergüenza.
"Las naranjas tienen muchas vitaminas y alimentan, y las muñecas no", le decía sus madre antes de salir de casa hacia la escuela. Si estuvieras en el desierta, tu muñeca podría salvarte de morir de hambre y las muñecas no. Pero ella no estaba en el desierto, o si, porque en el momento en que cada niña cogía su regalo de reyes y lo mostraba en clase sudaba como si el sol la abrasara y no hubiera ningún lugar donde refugiarse.
Pero aquel año fue diferente. ella se despertó con las hormigas cuchicheándole en la barriga, como si no supiera que le iban a traer, se dirigió al pino que su madre había cortado y puesto en el comedor. Allí no había nada, ni siquiera una naranja. Tampoco había nadie.
Salió de casa y se dirigió a la cuadra. Quizás su madre estuviera allí ordeñando las cabras antes de echarlas al monte. pero las cabras no estaban, ni tampoco su madre. estaba oscuro y mientras sus hijos se iban acostumbrando a la penumbra vio como algo pendía del techo. Un rayo de luz que se colaba por entre las rendijas de madera de la pared fue haciendo visible la aparición que bajaba del cielo. Era un ángel. Un ángel con un vertido blanco de flores y las mejillas coloradas y un lazo naranja en el pelo. Un ángel de porcelana
Ella estiró lo brazos para sujetar aquella aparición, pero la muñeca estaba un poco alta y no llegaba bien, la tocó con la punta de los dedos y comenzó a balancearse, ella saltaba para alcanzarla pero no lograba sujetarla, cuando por fin logró agarrar la muñeca tiró de ella con tanta fuerza que la cuerda que la sujetaba se rompió y la muñeca cayó al suelo haciéndose pedazos.
Al oír el ruido llegaron su madre, su abuela y un tío que la ayudaron a recoger el desastre. con cuidado pegaron los trozos de la muñeca de porcelana y para tapar los huecos que todavía quedaban, la vendaron con un esparadrapo.
A la mañana siguiente, mañana de colegio, ellas se levantó de su silla y se dirigió a la casa de la maestra con su regalo de reyes, Con cuidado apartó los faldones floreados de las otras muñecas y sentó a la suya en medio, presidiendo la reunión de muñecas, le colocó el lazo y las vendas blancas y le acarició las mejillas. ella también tenía ahora una muñeca de porcelana y nadie se la comerla de vuelta del colegio. Pero la suya no era una princesa a la que poner en una repisa y mirar la suya era mucho mejor, era un ángel caido del cielo, una niña soldado que había vuelto herida de la guerra, una princesa convaleciente de un terrible accidente de coche. Menudo regalo. Un regalo de Reyes.
martes, 17 de diciembre de 2019
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